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Agua, Colonialismo y Justicia Climática: La Lucha por la Supervivencia en Puerto Rico y Panamá

Actualizado: hace 1 hora

Por Janvieve Williams Comrie


En junio de 2026, miles de puertorriqueños se encontraron sin acceso a agua potable en sus hogares. Residentes cargaban cubos por escaleras, compraban agua embotellada que apenas podían costear y esperaban las entregas de agua realizadas por camiones de la Guardia Nacional. Personas mayores reportaron lesiones por el esfuerzo de transportar agua hasta sus casas. Mientras tanto, las familias continuaban recibiendo facturas por un servicio que no estaban recibiendo. Funcionarios gubernamentales reconocieron que décadas de abandono habían dejado la infraestructura hídrica de la isla en una situación crítica.


Muchos describirán esto como una escasez de agua. Otros lo llamarán una crisis climática.

Ambas descripciones son ciertas, pero ninguna llega al fondo del problema. Lo que está ocurriendo en Puerto Rico también es el legado del colonialismo.



El cambio climático está provocando sequías más severas, patrones de lluvia menos predecibles e infraestructura más vulnerable. Sin embargo, el cambio climático no creó las condiciones que dejaron a miles de personas sin acceso confiable al agua. Esas condiciones fueron construidas durante generaciones mediante sistemas que extrajeron riqueza de los territorios mientras desinvertían en las comunidades que los habitaban.


Puerto Rico ofrece un ejemplo contundente de lo que ocurre cuando convergen la gobernanza colonial, la dependencia económica, la infraestructura deteriorada y la inestabilidad climática. El resultado es una crisis que parece natural, pero que es profundamente política.


A lo largo del Caribe y América Latina, luchas similares se desarrollan alrededor de un bien natural que nunca debería ser un privilegio, sino un derecho humano fundamental: El agua.



En Panamá, el debate nacional sobre el futuro de la mina Cobre Panamá ha vuelto a colocar el agua en el centro de la discusión pública. Las auditorías gubernamentales han producido múltiples informes preliminares mientras las autoridades evalúan el futuro del proyecto. Organizaciones ambientales, líderes comunitarios y residentes continúan expresando preocupación por los impactos a largo plazo de las industrias extractivas a gran escala sobre los ríos, los bosques, las cuencas hidrográficas y los ecosistemas circundantes. Al mismo tiempo, funcionarios gubernamentales y representantes de la industria enfatizan las consideraciones económicas y los planes de gestión ambiental.


La conversación pública suele centrarse en el cobre, los empleos y el crecimiento económico. Sin embargo, para muchas comunidades, la pregunta es mucho más simple: ¿Habrá agua limpia?




La lucha en torno a la minería no trata únicamente de lo que se encuentra bajo la tierra. También trata sobre los ríos que sostienen a las comunidades, los ecosistemas que regulan los ciclos del agua y el derecho de las futuras generaciones a heredar un entorno habitable.

Estas preguntas son especialmente urgentes en una región que ya experimenta las consecuencias del cambio climático. El aumento de las temperaturas, tormentas más intensas, sequías prolongadas y la erosión costera están ejerciendo una presión sin precedentes sobre los sistemas hídricos en toda la cuenca del Caribe.


Para AfroResistance, estas preocupaciones no son teóricas. Durante los últimos años, nuestro trabajo en Nuevo Colón ha documentado las formas en que la injusticia ambiental moldea la vida cotidiana de las comunidades afrodescendientes. Ubicado en la provincia de Colón, en la costa caribeña de Panamá, Nuevo Colón forma parte de una región cuya historia está profundamente ligada al movimiento de personas, mercancías e imperios. Colón fue moldeada por la construcción del Ferrocarril de Panamá y posteriormente por el Canal de Panamá, proyectos construidos en gran medida gracias al trabajo de decenas de miles de trabajadores afrocaribeños reclutados de Jamaica, Barbados, Martinica, Trinidad y otras islas.


UNESCO - MOWLAC, 2020 / Documentary Heritage of Latin America and the Caribbean. Memory of the World Regional Register, 2000-2018


Muchos permanecieron en Panamá después de la culminación del Canal, estableciendo comunidades cuyos descendientes continúan dando forma a la vida cultural, política y económica del país. Hoy, Colón sigue siendo una de las provincias más importantes de Panamá, funcionando como puerta de entrada al Canal y al comercio global, al tiempo que refleja algunas de las desigualdades más profundas del país.


La ironía no puede ignorarse. Una provincia que ayudó a hacer posible el comercio mundial y cuyos trabajadores negros construyeron gran parte de la infraestructura que transformó el mundo moderno continúa enfrentando abandono ambiental e insuficiente inversión pública. En Nuevo Colón, los residentes compartieron historias de inundaciones, agua contaminada, sistemas sépticos colapsados y problemas crónicos de salud pública. Nuestra investigación comunitaria encontró que el 73 por ciento de los residentes reportó inundaciones, el 77 por ciento reportó fallas en los sistemas sépticos, el 91 por ciento identificó acumulación significativa de basura y el 87 por ciento reportó enfermedades diarreicas dentro de sus comunidades.





Estas cifras cuentan una historia que las estadísticas por sí solas no pueden capturar.

La gente de Nuevo Colón no está esperando que llegue el cambio climático. Ya está viviendo sus consecuencias. Con demasiada frecuencia, las discusiones sobre el clima se centran en metas de reducción de emisiones, mercados de carbono y conferencias internacionales. Esas conversaciones son importantes, pero también pueden ocultar una verdad fundamental.


Lo que presenciamos en Nuevo Colón refleja las experiencias que actualmente se desarrollan en Loíza, Puerto Rico, uno de los municipios históricamente más negros de la isla y una comunidad cuya identidad ha sido moldeada por siglos de resistencia africana, preservación cultural y supervivencia. Ubicada en la costa noreste de Puerto Rico, cerca de la desembocadura del Río Grande de Loíza y vinculada históricamente a las rutas marítimas por donde llegaron africanos esclavizados a la isla, Loíza ha ocupado durante mucho tiempo un lugar central en la historia afrodescendiente de Puerto Rico.


Hoy, esa misma comunidad se encuentra en el centro de la creciente crisis del agua. Los medios de comunicación han documentado a niños expresando su frustración porque no pueden bañarse antes de ir a la escuela, familias racionando agua y comunidades enteras dependiendo de entregas de emergencia mientras las agencias gubernamentales luchan por restablecer el servicio. Los residentes han pasado días, y en algunos casos semanas, sin acceso confiable al agua, obligando a las familias a cargar cubos, comprar agua embotellada y reorganizar cada aspecto de su vida cotidiana.




Las imágenes que llegan desde Loíza revelan cómo la injusticia ambiental suele seguir patrones raciales y geográficos bien conocidos. Comunidades que históricamente han aportado tanto al tejido cultural, económico y social de una nación son con demasiada frecuencia las más vulnerables cuando fallan los sistemas esenciales. En Loíza, como en Nuevo Colón, el problema no es simplemente el acceso al agua. Es la capacidad de las familias para mantener su salud, su dignidad y sus rutinas diarias. Es la posibilidad de que los niños lleguen a la escuela limpios y listos para aprender. Es la posibilidad de que las personas mayores permanezcan seguras en sus hogares. Es la posibilidad de que las comunidades puedan depender de la infraestructura más básica para sostener la vida.


Los paralelismos entre Loíza y Nuevo Colón nos recuerdan que la injusticia hídrica no está limitada por fronteras nacionales. A lo largo del Caribe, las comunidades negras continúan enfrentando las consecuencias entrelazadas del abandono ambiental, la insuficiente inversión pública y la vulnerabilidad climática. Lo que parece una interrupción temporal del servicio suele ser el capítulo más reciente de una historia mucho más larga de exclusión y desarrollo desigual.




El colonialismo transformó la tierra, los bosques, los minerales y el agua en mercancías. El cambio climático está exponiendo las devastadoras consecuencias de esa visión del mundo.

La crisis del agua en Puerto Rico, los debates sobre la minería en Panamá y las condiciones ambientales que enfrentan las comunidades de Colón no son historias separadas. Son capítulos de una misma historia.


Una historia de extracción. Una historia de abandono. Una historia sobre qué comunidades son protegidas y cuáles son consideradas prescindibles.


El futuro de la justicia climática en las Américas no se decidirá únicamente en oficinas gubernamentales o en cumbres internacionales. Se decidirá en las comunidades que exigen agua limpia, ecosistemas saludables y el derecho a vivir con dignidad.


El agua no es un lujo. No es una mercancía.


No es un privilegio reservado para quienes poseen poder político o influencia económica.

El agua es vida. Y la lucha por la justicia climática comienza defendiendo ese principio.



 
 
 

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