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Alabaos: Cantarle a la vida en presencia de la muerte

En La Azotea de la Abuela, las tradiciones ancestrales del duelo nos recuerdan lo que significa sostener el dolor colectivamente.



En los días posteriores al terremoto en Colombia, he estado pensando profundamente en lo que significa para una comunidad hacer duelo colectivamente y en las prácticas ancestrales que nos enseñan cómo hacerlo.


En La Azotea de la Abuela, en el oriente de Cali, tuvimos el enorme privilegio de compartir con mayoras, cantadoras y jóvenes del Pacífico colombiano. La Azotea es, en sí misma, un espacio sagrado organizado por la Maestra Elena Hinestroza Vente, construido alrededor de la preservación y la práctica viva de los saberes ancestrales afrocolombianos: la comida, las plantas medicinales, la tradición oral, la música, la memoria y la sabiduría transmitida por las mujeres negras de generación en generación.


Pero aquella noche particular del 15 de agosto, después del terremoto, estas tradiciones se convirtieron en recipientes para un dolor que aún estaba a flor de piel, sosteniendo nuestro duelo colectivo y dando voz a pérdidas que parecían demasiado profundas para siquiera nombrarlas.


Escuchamos a las mujeres y a las y los jóvenes cantar alabaos, cantos ancestrales de duelo, espiritualidad, memoria y acompañamiento de quienes han muerto. En las comunidades negras del Pacífico colombiano, la muerte nunca ha pertenecido únicamente a una familia; el duelo es comunitario. Esta práctica adquiere un peso particular en un país marcado por décadas de conflicto armado, masacres, desplazamiento forzado y una violencia que ha golpeado de manera desproporcionada a las comunidades negras e indígenas. En lugares donde la muerte llegó a convertirse en una presencia constante, donde las familias lloraron a quienes fueron asesinados, desaparecidos o desplazados, los alabaos crearon espacios donde el dolor podía sostenerse colectivamente y donde quienes habían muerto podían seguir siendo acompañados.





Y, sin embargo, estos nunca fueron espacios únicamente para la muerte. También eran espacios donde la vida continuaba junto a ella: donde la gente se reunía, las niñas y los niños escuchaban y aprendían, se preparaba la comida, se compartían historias, se protegía la memoria y las comunidades insistían en permanecer conectadas unas con otras.

Las personas muertas eran acompañadas por quienes seguían vivas y, a su vez, quienes seguían vivas eran acompañadas por el canto.


Las investigaciones sobre las alabaoras de Pogue, en Bojayá, lo describen de manera hermosa. A través del canto, las mujeres negras han ayudado a sus comunidades a procesar pérdidas devastadoras, preservar la memoria y reconstruir las relaciones entre quienes viven y quienes han muerto.


Después de la masacre de Bojayá de 2002, los alabaos también se convirtieron en un lenguaje de testimonio político, denuncia y resistencia colectiva, una manera de llorar a quienes murieron y, al mismo tiempo, negarse a permitir que lo que les ocurrió desapareciera de la memoria de Colombia.


Sentada en La Azotea, escuchando a las cantadoras, no dejaba de pensar en lo que significa contar con una práctica ancestral que ya sabe qué hacer cuando llega la muerte.

He sido testigo de momentos de duelo colectivo en otros lugares donde he vivido: las vigilias y protestas que siguieron al asesinato de George Floyd en Estados Unidos o, en Panamá, las miles de personas que salieron a las calles para despedir a Danger Man, cantando su música y acompañándolo hasta su lugar de descanso final. Pero nunca había presenciado, ni había sido parte, de una experiencia de duelo colectivo como la que viví en La Azotea de la Abuela.



Allí, el duelo no necesitaba explicarse ni había que apresurarlo. El dolor nos pertenecía a todas las personas que estábamos en ese espacio. Se podía llorar. Se podía cantar. Se podía recordar a alguien a quien nunca habías conocido. Se podía permanecer en silencio. Parecía no existir separación entre el dolor, la memoria, la espiritualidad y la comunidad.

La comunidad misma se convirtió en el espacio que nos sostuvo.


Sentí una continuidad, la sensación de que este no era un ritual creado como respuesta a una tragedia en particular, sino una práctica heredada que ya sabía qué hacer cuando llegaba la muerte. Evidentemente, estos cantos existían antes de este terremoto. Existían antes de Bojayá. Han migrado a través de generaciones de personas negras que han conocido tanto pérdidas indescriptibles como una extraordinaria insistencia en la vida.


Y allí, en La Azotea de la Abuela, en Cali, fui testigo de cómo ese conocimiento ancestral se hacía presente, convocado una vez más para sostener a una comunidad en las horas y los días inmediatamente posteriores a una pérdida colectiva de esta magnitud.


Algo que me conmovió particularmente fue la atención dedicada a las niñas y los niños, y a las formas específicas en que, dentro de estas tradiciones, se les acompaña en la muerte.


En todo el Pacífico colombiano, la muerte de niñas y niños tiene sus propias prácticas de acompañamiento, entre ellas el gualí y el chigualo. Mientras que los alabaos han estado tradicionalmente asociados con el duelo por la muerte de personas adultas, los gualíes y chigualos acompañan a las niñas y los niños a través del canto, el ritmo, la oración, el movimiento y el ritual colectivo. Estas distinciones nos recuerdan que la muerte no es genérica. Importa quién ha muerto. Importa su edad. Importa su relación con la comunidad. Importa cómo se le acompaña.




La Maestra Elena Hinestroza Vente, quien organiza y sostiene el espacio sagrado de La Azotea de la Abuela, nos explicó por qué, históricamente, la muerte de una niña o un niño ha sido acompañada no solo por el duelo, sino también por el canto, el baile e incluso por expresiones de alegría:


“Según nuestras creencias, cuando un niño muere muy pequeño, se convierte en un ángel. Muere sin pecado, y por eso existe la creencia de que ese niño va directamente al cielo, más cerca de Dios, a la gloria. Entonces, aun en medio del dolor, hay alegría en la manera en que se le despide.


Pero hay otra historia. Cuando nuestras madres eran esclavizadas, una mujer daba a luz a un hijo que ya estaba destinado a ser esclavizado. Desde el vientre de su madre, ese niño era considerado esclavizado. Entonces, cuando un niño nacía y moría pequeño, también existía la idea de que quizás era mejor que ese niño muriera a que tuviera que vivir la vida de esclavitud que habían vivido su madre y su padre.


Y por eso le cantaban y le bailaban al niño. Cantaban. Aunque les doliera como madres y padres, también estaba este pensamiento: quizás es mejor que Dios se haya llevado a este niño. El niño se va sin pecado. El niño se convierte en un ángel. El niño estará a la derecha de Dios Padre. Y por eso bailaban.”


— Maestra Elena Hinestroza Vente


He seguido pensando en sus palabras porque contienen una historia casi insoportable.

Revelan cómo estas tradiciones llevan consigo comprensiones espirituales junto con la memoria de aquello que las personas negras fueron obligadas a sobrevivir durante la esclavitud. Es difícil siquiera imaginar lo que significaba para una madre esclavizada encontrar algún consuelo en saber que su hija o hijo nunca tendría que experimentar la esclavitud. El canto y el baile no significaban la ausencia de dolor. Eran formas de sostener el duelo cuando las condiciones de la vida negra hacían que ese dolor fuera casi imposible de soportar.


Y quizás esto también fue parte de lo que presencié en La Azotea: la herencia de una tradición lo suficientemente amplia como para sostener aquello que, desde afuera, podría parecer contradictorio. El dolor y la alegría. La angustia y la trascendencia. La muerte y la liberación. El dolor insoportable de perder a alguien y la responsabilidad comunitaria de acompañarle en su tránsito.




Yo había llegado sintiéndome fragmentada, incluso quebrada por dentro, por muchas razones: el peso de lo que estaban viviendo las comunidades a las que servimos y con las que trabajamos en Colombia; mi propia relación profundamente personal con el desplazamiento y con lo que significa que tu sentido de seguridad se rompa de repente; y la responsabilidad que llevo como líder de una organización que intenta responder, en medio de una crisis, con cuidado, integridad y claridad política. Pero también estaba allí como madre y como hija, cargando con el miedo que implica amar a personas de distintas generaciones y, en mi caso, también a través de distintos países; sabiendo lo que significa querer proteger a mis hijos, seguir necesitando la sabiduría y la estabilidad de mi padre, y enfrentar la realidad de que las personas y los lugares que nos hacen sentir seguras pueden volverse vulnerables muy rápidamente.


Había estado sosteniendo tantas cosas al mismo tiempo, muchas de ellas sin haber tenido realmente el espacio para sentirlas.


Pero sentada allí, rodeada por las voces de las cantadoras y las mayoras, escuchando cómo se recordaba a las niñas y los niños y cómo se acompañaba a quienes habían muerto a través del canto, literalmente me quebré.

Yo también me convertí en una doliente.


Por un momento, no tenía que organizar el duelo, responder ante él, tomar decisiones a su alrededor ni pensar en lo que vendría después. Podía, simplemente, dejarme sostener dentro de ese dolor junto a todas las demás personas.


En los días posteriores a un desastre, particularmente cuando tienes la responsabilidad de ayudar a una organización a responder, es fácil comenzar a vivir la crisis a través del lenguaje de los números: cuántas personas están heridas o desaparecidas, cuántas familias han sido desplazadas, cuántas viviendas han sido destruidas, cuántas personas necesitan apoyo, cuántas personas han muerto. Esos números importan. Nos ayudan a comprender la magnitud de lo ocurrido y lo que requiere una respuesta significativa.


Pero también sé, por mi propia experiencia, lo fácil que es que el trabajo de responder a una crisis termine creando distancia frente al dolor y al duelo que esos números representan.


Este espacio le devolvió humanidad a las cifras.


Las niñas y los niños que estaban siendo recordados no eran números. Eran niñas y niños que habían sido abrazados, alimentados, consentidos, protegidos y soñados. Pertenecían a familias y comunidades. Había futuros imaginados para ellos. Sus vidas eran dignas de ser cantadas y de ser recordadas más allá de las cifras.


Quizás esto fue lo que más me conmovió de La Azotea de la Abuela: la muerte estaba presente, pero no tenía la última palabra.


La vida estaba por todas partes en ese espacio.


Estaba en las y los jóvenes cantando junto a las mayoras. Estaba en los cuerpos que se mecían y en las voces que respondían. Estaba en quienes escuchaban, lloraban, recordaban y se abrazaban. Estaba en el conocimiento ancestral que se transmitía, en tiempo real, de una generación a otra. Incluso en medio del duelo, la comunidad hacía lo que las comunidades negras han hecho durante generaciones: crear vida en presencia de la muerte.




Me fui de La Azotea profundamente agradecida con la Maestra Elena y con las mayoras, cantadoras y alabaoras que han mantenido vivas estas tradiciones, no simplemente como memoria, referencia cultural o algo heredado del pasado, sino como prácticas vivas: enseñadas, compartidas y confiadas de una generación a la siguiente. Prácticas a las que todavía se puede recurrir cuando llega la catástrofe y una comunidad necesita una manera de sostener aquello que parece imposible de cargar, mucho menos de procesar en soledad.


Estas tradiciones son mucho más que expresiones culturales para ser admiradas.


Son tecnologías de supervivencia.


Nos enseñan que el duelo no tiene que vivirse en soledad. Crean puentes entre quienes estamos vivas y quienes han muerto. Transforman la memoria en resistencia y el duelo en un acto comunitario. Y nos recuerdan que sanar no significa apresurarnos a dejar atrás nuestro dolor, ni nos exige reparar aquello que no puede ser reparado.


A veces, sanar comienza por crear un espacio lo suficientemente amplio para sostener lo que hemos perdido, lo que no puede ser reemplazado y aquello que todavía no sabemos cómo cargar.


Esa noche, La Azotea de la Abuela creó ese tipo de espacio para todas y todos: para quienes cargaban un dolor reciente y para quienes llevaban años caminando con el suyo; para quienes lloraban a personas que amaban y para quienes lloraban a personas que nunca tuvieron la oportunidad de conocer. Nadie tenía que demostrar su relación con la pérdida para tener un lugar dentro de ese duelo.


Quizás esto también sea el cuidado colectivo: hacer espacio para el dolor de las demás personas, reconocer que una pérdida no tiene que ser personalmente nuestra para ayudar a sostenerla, y comprender que cuando el duelo se sostiene colectivamente, su peso también se comparte.



 
 
 

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