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Cuando la vulnerabilidad de la vida y la interdependencia se encuentran y se dan un beso


El 10 de agosto de 2026 me levanté a las 4:30 de la mañana. Tenía que ir al aeropuerto de Tocumen, en la ciudad de Panamá. Por razones de trabajo viajaría a Cali, Colombia.


Mientras me preparaba para el viaje, al otro lado de la frontera la tierra se estiraba como un gato al despertar y hacía que todo se moviera. Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió Colombia. Su epicentro se ubicó en San José del Palmar, en el Chocó, una de las regiones históricamente más abandonadas del país, donde las desigualdades de raza y clase marcan profundamente la vida de sus comunidades. El terremoto también se sintió con fuerza en Cali, Pereira, Manizales y otros lugares del occidente colombiano.


Mi vuelo se retrasó un par de horas. Finalmente despegamos de Panamá y, al llegar a Cali, encontramos una ciudad todavía asustada, con el corazón acelerado. Había interrupciones en las comunicaciones, en el suministro de agua y electricidad. Yo todavía no era consciente de la magnitud de lo ocurrido ni de los daños que aquel sacudón de la tierra había provocado, especialmente en las zonas más cercanas al epicentro.



Al llegar me encontré con mi equipa de trabajo, que también había vivido el terremoto y, al mismo tiempo, estaba dando contención y apoyo a las personas integrantes de la delegación que había llegado a Cali para compartir con Afroresistencia una inmersión cultural en esta bella ciudad y vivir la experiencia del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez.


En los rostros de quienes nos recibían se había instalado el miedo. El terremoto había interrumpido la cotidianidad y había dejado preguntas que no podían responderse todavía. ¿Estamos a salvo?  ¿Qué estará ocurriendo en Chocó? ¿Habrá más réplicas?


Desde antes de salir de Panamá, algunas amigas que habían visto las primeras imágenes de la tragedia comenzaron a llamarme. Daban por hecho que no viajaría. Su preocupación por mí empezó también a inquietarme. Sin embargo, cuando subí al avión, esos miedos se fueron. o eso creí, Durante los días siguientes regresaron porque aquel sacudón de la tierra nos había recordado algo que muchas veces preferimos olvidar: somos vulnerables. La vida no está comprada. En un instante podemos dejar de existir, perder nuestra casa, nuestro territorio o nuestras condiciones habituales de vida. Nuestro cuerpo puede sobrevivir y, aun así, quedar marcado por secuelas físicas y emocionales.



Durante toda la semana me pregunté: ¿qué coloca este terremoto en nuestras vidas?, ¿qué nos quiere decir?, ¿qué podemos aprender de esta experiencia? Al final, la pregunta que más me acompañaba era otra: ¿cómo pedagogizar esta experiencia de vida?, recordé a Tita Torres, una gran maestra para mí, cuando nos invita a pedagogizar la vida. Y entonces comencé a mirar lo ocurrido desde otro lugar. El terremoto nos confronta con nuestra vulnerabilidad, pero también con nuestra interdependencia.


Somos vulnerables porque necesitamos de otras personas. Y justamente por eso somos interdependientes. Necesitamos que alguien nos escuche, que alguien nos abrace, que alguien prepare comida, que alguien pregunte cómo estamos, que alguien cuide a quienes tienen miedo. Necesitamos redes, y fue esa interdependencia la que nos permitió seguir adelante.


Los miedos fueron compartidos, las lágrimas fueron colectivizadas, hubo muchos abrazos de contención, fue la grupa la que sostuvo el miedo y permitió que poco a poco las alegrías y las sonrisas volvieran a aparecer en los rostros de quienes integraban la delegación.


Fue el trabajo colectivo, fueron los abrazos, los almuerzos compartidos, las conversaciones, las risas que comenzaron tímidamente a aparecer, fueron también los cantos de las mayoras, que con sus voces nos acompañaron en ese tránsito del miedo hacia la calma.



Y quizás allí estaba una de las enseñanzas más profundas de aquel terremoto, vivimos en un sistema que insiste en hacernos creer que debemos estar soles, aislades, sin tejidos y sin necesitar de nadie. Nos convence de que debemos ser autosuficientes y de que todo lo que somos y tenemos es resultado exclusivo de nuestro propio esfuerzo.


La meritocracia se nos presenta entonces como una verdad incuestionable y el individualismo se convierte casi en una obligación. Como si pudiéramos sostener nuestras vidas en soledad; como si nuestros cuerpos fueran invencibles, como si no dependiéramos de otras personas, de nuestras comunidades y de la naturaleza, pero  allí nuestro planeta  tierra  que se mueve y nos recuerda otra cosa.


Nos recuerda que somos cuerpas vulnerables. Que nuestras vidas dependen de otras vidas. Que necesitamos de los vínculos, de los cuidados y de los tejidos que construimos mucho antes de necesitarlos. Para mí, esta experiencia reafirmó algo que muchas veces decimos desde los feminismos, pero que esta semana pude experimentar en mi cuerpa: la red sostiene y su tejido  cuida y ayuda a sanar,   también la red rescata la alegría cuando el miedo intenta llevársela.


Me reconozco vulnerable e interdependiente de otras personas y de la naturaleza. Reconocer estas dos dimensiones de nuestra existencia puede ayudarnos a resistir los discursos de un sistema capitalista y neoliberal que intenta convencernos de que no necesitamos de nadie y que, si nos esforzamos lo suficiente, podemos soles con todo.





El terremoto nos recordó, de la manera más brutal, que la vida no es autosuficiente. Que necesitamos de otras personas para sostenerla y que necesitamos de la naturaleza, aunque muchas veces actuemos como si estuviéramos separades de ella, esta conducta supremacista sobre la naturaleza es otra consecuencia de la instalación de un  sistema patriarcal donde la naturaleza pasó estar por debajo del poder del “hombre”.


Un aplauso de pie a la población colombiana que se moviliza para apoyar a quien hoy más lo necesita, aplausos para aquella personas que en medio de su carencia brindan su abundancia a quienes hoy lloran sus pérdidas, aplausos a quienes hoy no solo ponen el hombro, ponen su cuerpa donde creen que debe estar, y un abrazo gigante de minutos largos para las mayoras que acompañan con sus cantos a las almas que transcendieron en estos días aciagos que hemos vivido en Cali. 


Quizás pedagogizar esta experiencia sea aprender a mirar nuestra vulnerabilidad no como una debilidad, sino como una condición que nos conecta. Reconocer que necesitamos de otras personas puede ser también una forma de resistencia frente a un sistema que quiere individuos aislados, compitiendo entre sí y creyendo que cada quien se salva por su propio esfuerzo.


Aquel 10 de agosto la tierra se movió, y  nosotres también.


Pero mientras la tierra nos recordaba nuestra fragilidad, los vínculos nos recordaban nuestra fuerza. Tal vez allí, justamente allí, es donde la vulnerabilidad de la vida y la interdependencia se encuentran y se dan un beso.


 
 
 

1 comentario


Colby Adkins
Colby Adkins
hace 9 horas

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